Fantasía

“¿Qué quieres por tu cumpleaños?”

“La Historia Interminable”

 

Así empezó mi historia de amor con el Libro de los libros. Se publicó en España en 1983, cuando yo tenía 7 años y empezaba a leer algo más que cuentos infantiles y lecturas de primaria.

No diré que es el libro que me transmitió la pasión por la lectura, porque desde que tengo recuerdo, siempre he tenido en las manos algo para leer. Una revista, un tebeo, un cuento… Yo prefería sentarme en un rincón a disfrutar de una buena historia antes que salir a la calle a dar patadas a un balón o saltar a la comba.

Nunca aprendí a saltar a la comba. Y era malísima pateando balones. Pero aprendí a muy temprana edad cómo llamaban los marineros noruegos a los remolinos gigantes, gracias a Julio Verne. Los Cinco y Trixie Belden me enseñaron a pensar con lógica y a desvelar misterios. Y Michael Ende me enseñó que un libro podía ser la puerta a un maravilloso mundo de fantasía.

No. De Fantasía. Con mayúscula.

Fantasía es ese mundo mágico en el que todo es posible y al que Bastián se ve transportado después de haber estado horas leyendo las aventuras de Atreyu el Piel Verde.

Fantasía es el lugar al que van a parar todas las historias.

Fantasía ES todas las historias.

Fantasía es el universo donde cualquier lector que se precie de serlo entra cada vez que abre un libro.

Todos los lectores somos Bastián Baltasar Bux. Quizá algunos seamos también un poquito Karl Konrad Koreander. Todos hemos cogido un libro y no lo hemos soltado hasta bien entrada la madrugada, por querer terminarlo. Todos nos hemos dicho, solo un capítulo más, pero han sido cinco… Todos hemos entrado en Fantasía.

La historia interminable no es el libro que me transmitió la pasión por la lectura, pero sí es el que me demostró que podía leer un libro para mayores. Es el libro que me convirtió en lectora de verdad. Es el libro que me hizo querer leer otros libros más largos y más complejos.

La historia interminable no es mi libro favorito. Ese honor lo tiene el Drácula de Stoker, por diversas razones.

Pero sí es el libro que cambió mi vida, al permitirme dar el paso desde los cuentos infantiles a las novelas. Fue mi primera novela, a la que siguieron otras muchas.

Pero eso es una historia que debe ser contada en otra ocasión…

Poser

Ahí va otra chavala que habrá visto una peli de Marvel y ahora entra aquí a fisgonear

¿Pero qué hace con esa camiseta, si ni siquiera sabrá de lo que es?

Su novio la habrá dejado ahí mirando la estantería para que se entretenga mientras él compra tranquilo

La chica hacía oídos sordos a todos esos comentarios que le llegaban de lejos, mientras seguía ojeando números atrasados de WildCATS. Buscaba uno en particular, el único que le faltaba en la colección. Lo encontró, medio escondido entre dos especiales. Con su tesoro en la mano, se dirigió a la sección de novela fantástica y de ciencia ficción.

-“Ahí no vas a encontrar la saga de Crepúsculo, cielo, sólo hay ci-fi auténtica y de la buena”

Ella se quedó mirando al chico que acababa de pronunciar palabras tan sabias.

-“Buscaba El juego de Ender. Scott Card. De eso sí tendréis, ¿no? Ci-fi de la buena, digo. Porque el que tengo en casa está tan releído que se cae a cachos, y estoy buscando otro nuevo.”

El chico impertinente, sin saber qué decir, la miraba con la boca abierta.

-“Eeeh… sí… Ahí tiene que haber alguno…”

Y acto seguido, hizo discretamente mutis por el foro. Ella, por su parte, hubiese preferido verle huir haciendo la croqueta. Al menos la situación hubiese sido más divertida…

“Olvídalo”, resonó la voz de Wonder Woman en su cabeza. “Los hombres son así. Sonrisa de condescendencia en el rostro y puñal escondido a la espalda.”

“Los aficionados a la fantasía y la ciencia ficción suelen ser los peores.” Peggy Carter, agente gubernamental, se unió a la conversación. “Se portan maravillosamente y se ofrecen a despejar todas tus dudas, pero en cuanto descubren que tú sabes más que ellos sobre el adamantium o les ganas unas cuantas partidas al Unreal Tournament, dejan de ser unos caballeros.”

“Mucha boca y poco cerebro”, tronó entonces la voz de Michonne. Casi podía escucharse el silbido de la afilada hoja con la que tantos zombies decapitaba semana tras semana. “Ni igualdad ni hostias. ¡Nosotras somos mucho mejores que ellos!”

Súbitamente, las voces de todas las grandes heroínas del cómic y la ciencia ficción resonaban en su mente.

“Nos merecemos más”

“Tenemos derechos”

“No somos trozos de carne”

“Podemos ser igual de frikis que ellos”

Yo sólo quiero que no me miren raro… Comprar mis tebeos como hacen los hombres, como si fuera lo más normal del mundo. ¿Por qué si lo hago yo no es lo más normal del mundo? Solamente quiero ir a una convención y hacer cosplay sin que se me insinúen quince tíos o me llamen puta por llevar escote…

Sólo quiero cobrar lo mismo que mis compañeros de trabajo varones, y que me paguen más si trabajo más que ellos. No ser la apagafuegos de la oficina, ni tener que estar pendiente de que mis compañeros hagan su trabajo, como si fuera su madre.

Quiero que se me reconozca. Que se tengan en cuenta mis méritos y no sólo se señalen mis defectos.

Sólo quiero que me dejen vivir tranquila…

Y entonces, la voz femenina de los cómics, los videojuegos, las series y las películas de culto, quedó momentáneamente en silencio. Se acercó a la caja, pagó sus artículos, y haciendo caso omiso de la sorprendida mirada que le dirigió el tipo de detrás del mostrador cuando le respondió que no, gracias, no quiero que me lo envuelvas para regalo, es para mí, salió de la tienda.

Durante el camino a casa, no iba sola. Como fantasmas, como ángeles guardianes, la escoltaban la teniente Ripley y la intrépida Amelia Folch. Casi nadie se fijó en ella mientras leía el cómic en el metro. Al fin y al cabo, leer en el metro es lo más normal del mundo….

Ya tumbada en el sofá, inmersa en las aventuras de Zealot y compañía, un apagado eco seguía resonando en su mente.

Y sonrió, pensando para sus adentros que la opinión de los demás no importaba. Que daba igual si algunos hombres veían su masculinidad amenazada por la presencia de mujeres que compartían sus mismas aficiones.

No. Nada de eso importaba mientras existieran esos personajes. Mujeres que enseñaran a las niñas que ellas también podían ser heroínas. Que una mujer también podía salvar el mundo, y hacerlo tan eficazmente como un hombre. O mejor.

Y sonrió.

Y en su cabeza resonaba el dulce eco de muchas voces femeninas, asintiendo.

 

#historiasporlaigualdad

¡Niño, las manos quietas!

Soy trekkie.

Cuando me preguntan algo sobre mí, ésa es una de las primeras cosas que me vienen a la mente y que suelo dejar caer en las conversaciones.

También soy algo warie, muy whovian, fiver, fan de BSG, potterhead, antigua rolera, metalera, lectora empedernida y muchas otras cosas. Pero sobre todo, trekkie. Que no trekker. Nunca me gustó esa palabra ni la estúpida distinción que se hacía entre una y otra.

Soy trekkie de la vieja escuela. Descubrí la serie porque de pequeña un sábado por la tarde vi STIV en la tele y me lo pasé tan bien viendo a esos tíos tan raros salvando el planeta con ballenas, que cuando supe que ponían la serie clásica en la tele tuve que ponerme a verla sí o sí. Una época dorada para los amantes de la ciencia ficción, o en mi caso, futuros amantes del género, cuando en las autonómicas nos deleitaban los fines de semana con clasicazos como Star Trek, Espacio 1999, Doctor Who o Capitán Escarlata. Mi pasión por la ciencia ficción se forjó con las maratones matutinas de Telemadrid en la casa de mi abuela, Quantum Leap por las tardes y ese verano en que la 1 emitió la Galáctica original…

Luego vendría The next generation y ahí sí que ya caí rendida. Lo confieso: soy más de Picard que de Kirk. Algo menos de Sisko y Janeway y, lo siento mucho, absolutamente nada de Archer. Lo digo públicamente: ODIO Enterprise. Me parece una serie aburrida, mal planteada, que se mea en la continuidad de absolutamente todo lo anterior y con unos personajes a cual más asesinable. Y eso que Scott Bakula es un actor que me encanta desde la época de Quantum Leap y me pareció en su momento un gran acierto ponerle al frente de una serie trek. Pero ni por ésas, oiga…

Y yo que pensaba que después de Enterprise no podían hacerlo peor, van y le dan el mando de la nave a JJ Abrams…

Al principio pensé: bueno, sus series molan. Perdidos mola. Alias mola mucho. Igual nos resucita la saga como es debido. Pero entonces JJ empezó a hablar. Y subió el pan. Que si a mí lo que me gusta es Star Wars, que si mi ídolo es Lucas, que si lo que yo quiero es hacer nuevos fans y los que ya estáis me la sudan, que si quiero hacer un blockbuster moderno pero no os preocupéis que no es un reboot, pero os he mentido como un cabrón y sí, os he hecho un reboot y además como me ha salido del moño…

No, no soy fan de las películas de Abrams. Ni de las dos de ST ni de la de SW. Porque Star Trek 2009 no iba a ser un reboot pero no sólo lo fue sino que encima el tío se meó en la cara de los trekkies de la vieja escuela mientras nos decía que estaba lloviendo (te miro a tí directamente, escena de la explosión de Vulcano. Y a tí, escena absurda del Nokia). Porque ST Into darkness iba a ser una historia nueva con un villano clásico y nos hizo un remake de The wrath of Khan con la escena de rubia en ropa interior más gratuita de la historia (aquí la culpa es de Lindelof, responsable del guión y autor de lindezas tales como “teníamos una escena de Cumberbatch desnudo pero la quitamos porque era gratuita. pero dejamos la de Alice Eve porque…Bueno, vale, hemos quedado como unos machistas”). Porque por mucho que me lo quieran vender de otra manera, The force awakens ES un remake casi plano por plano de Star Wars que nos han querido vender como algo original poniendo a una mujer de protagonista. Y es que un par de buenos personajes no basta para que me vuelva a cabrear con Abrams aun considerando la película entretenida.

Mi problema con JJ Abrams viene porque es un mentiroso. Promete algo que luego no te da, o directamente te niega la mayor para luego darte el bofetón en la cara. Prometió no hacer reboots o remakes, y es justo lo que nos está dando. Prometió contentar a todo el mundo, pero yo solo veo defenderle a los nuevos trekkies, los que esperaban como agua de mayo una modernización radical de la saga aun a costa de destruir los cimientos de la casa. Star Trek Beyond me da muy mala espina, y eso que admito que el segundo trailer es mucho mejor que el primero, que directamente me quitó las ganas de ver la película (esas motos. Ay…)

No diré que Star Trek no necesitaba un retoque, porque mentiría. Esta saga estaba muy estancada y se necesitaba sangre nueva. Pero al igual que en los 80 se optó por dar un salto al futuro y plantar las semillas de algo nuevo sin romper con lo establecido, yo abogo por hacer lo mismo ahora. ¿Por qué esa obsesión de mirar al pasado y destrozarlo? Ambienta la historia un siglo o dos en el futuro, invéntate nuevas razas y nuevos conflictos, y en definitiva, SÉ ORIGINAL. Deja el pasado como está. O si no quieres hacerlo, toma como base cualquiera de las novelas de Peter David ambientadas en el siglo XXIV. Algunas dan para series enteras de varias temporadas (New Frontier, por ejemplo)

Es por todo esto que el anuncio de una nueva serie de televisión me alegra pero me acojona a partes iguales. Me alegra que sea Bryan Fuller el que esté detrás del proyecto y no Abrams o Lindelof, pero me acojona que vuelvan a caer en la trampa de mirar al pasado.

JJ Abrams se ha salido con la suya, de todos modos. Ha conseguido revitalizar una saga que estaba en la UCI rehaciéndola a su gusto y al de los chavales que llenan las salas, dándoles cuerpos danone y efectos especiales. Ha conseguido hacerse con el control de la otra saga galáctica, la suya, su favorita, imitando al maestro de cabo a rabo. Aunque cierto es que deja su impronta y estilo propio en todas las películas: aún me duelen los ojos con tanto destello luminoso…

Este artículo puede sonar a abuela cebolleta cabreada con las nuevas generaciones, y lo asumo. Pero os pondré dos ejemplos de revitalización o reboot de saga que no sólo salieron genial, sino que consiguieron elevar sus respectivas series a categoría de obra maestra: Battlestar Galactica y Doctor Who.

El primer caso es un reboot en toda regla. De manual. Bien hecho. Como se deben hacer las cosas. Y sin mentir. Oigan, os vamos a hacer un reboot de esta serie y sin aliens, sólo humanos y cylons y lo más realista posible. Y mirad que bien le salió a Moore.

Doctor Who partió de cero tomando como base absolutamente todo lo anterior y metiendo elementos nuevos integrados en el universo conocido de la serie. Nuevos personajes y nuevas historias, basado todo ello en las cuatro décadas anteriores.

Así que no, no estoy en contra de los reboots o los remakes. Estoy en contra de que me tomen el pelo diciéndome que me dan algo totalmente nuevo para encontrarme con más de lo mismo, pero peor, envuelto con un lacito muy mono y una tarjetita que diga “si no quieres caldo, toma dos tazas”.

Así, no, JJ. Las manos quietas, que luego van al pan…

 

El Nimroud de Yor

Decía no hace mucho el protagonista de esa magnífica serie que es Doctor Who que las historias son el lugar al que van a parar los recuerdos cuando se olvidan. Y qué mejor historia llena de recuerdos inolvidables que ese gran libro de Michael Ende, La historia interminable.

La historia interminable fue el primer libro para mayores que yo leí. Hasta entonces, leía tebeos, libros de El Barco de Vapor, revistas…Pero a principios de los ochenta, cuando se publicó en España, me lo regalaron por un cumpleaños y devoré todas sus páginas en un tiempo récord. Al igual que le pasaba a Bastián, yo me vi atrapada en Fantasía  siguiendo con pasión las aventuras de Atreyu.

La historia interminable es un libro que gana con cada nueva lectura. No es lo mismo leerlo con ocho años que con catorce, y no es lo mismo leerlo con catorce que con treinta o cuarenta. En mi adolescencia, siempre me gustó mucho más la primera parte, con las peripecias de Atreyu y Fújur a lo largo y ancho de Fantasía. Pero años más tarde, descubrí que me empezaba a gustar mucho más la segunda, la que contaba lo que le ocurría a Bastián al entrar dentro del libro y convertirse en el Salvador de Fantasía. Creo que cuanto mayor eres, mejor entiendes toda esa parte, los dilemas morales de Atreyu y la caída de Bastián. Entiendes mucho mejor las motivaciones de Xayide y por qué Bastián acaba en la mina de Yor.

El Nimroud de Yor siempre ha sido uno de mis lugares favoritos de Fantasía. Sí, adoro con pasión todo lo que ocurre en el Bosque de Haule, y disfruto como una niña pequeña siempre que llego a la parte de Goab, el Desierto de Colores, y aparece uno de mis personajes favoritos: Graógraman, la Muerte Multicolor. Pero Bastián encontrándose a sí mismo en el Nimroud de Yor es y siempre será mi parte favorita de la historia.

Decía el Doctor que las historias son el lugar en el que acaban los recuerdos olvidados, y eso es precisamente el Nimroud de Yor: una mina de recuerdos olvidados, historias de gente que se perdió en Fantasía y que jamás volvió a encontrarse. Pero Bastián lo consigue. Con la ayuda del minero ciego y de su amigo Atreyu, consigue encontrar un recuerdo del mundo real y aferrarse a él para volver a casa.

Porque, al fin y al cabo, cualquier amante de los libros puede perderse durante horas en Fantasía, pero tarde o temprano deberá recorrer el camino de vuelta al mundo real

 

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Todos somos un poco quijotes. No por ser una perogrullada es menos cierto. Todos tenemos nuestros molinos particulares, y que levante la mano aquel que no esté un poco loco. Porque hay que estar un poco loco para aguantar la que nos está cayendo…

No quiero llamar la atención de vuestras mercedes acerca de nuestra política de juzgado de guardia, ni sobre lo mal que está la economía, o referirme a la corrupción sistémica que campa a sus anchas. Para eso ya están otros medios y a don Alonso eso le viene dando igual. A don Quijote le preocupaban los gigantes, y a Sancho le preocupaba su señor, no fuera a ser que en un arranque de locura se fuera a dar de morros contra un molino, y para qué queremos más, amigo Sancho…

Todos somos un poco quijotes. Nos enfrentamos a nuestros gigantes de la mejor manera posible. Todos tenemos obstáculos que superar en la vida, y los superamos como mejor sabemos o podemos. A veces, los gigantes resultan ser simples molinos, una vez que los vemos de cerca y comprobamos que vaya, no era para tanto. Otras veces son verdaderos gigantes capaces de aplastarnos de un pisotón al mínimo descuido.

¿Y qué hacemos los quijotes modernos cuando nos enfrentamos a una de esas bestias? Pataleamos. Escribimos de forma airada en la primera red social que tengamos a mano. Inventamos hashtags, los difundimos, nos ponemos banderitas y simbolitos en las fotos de Facebook. Protestamos airadamente en el bar de la esquina cerveza en mano y gritamos a los cuatro vientos lo que haríamos nosotros de estar al mando del mundo.

No, los quijotes modernos no nos subimos a nuestros Rocinantes y lanza en mano nos abalanzamos sobre el Gargantúa de turno. Los quijotes modernos nos hacemos selfies y ponemos frases ingeniosas en Instagram. Porque somos así, porque todos somos un poco quijotes y estamos un poco locos, pero no lo suficiente como para levantar el culo y acercarnos a un gigante a ver si de verdad lo es o sólo es un simple molino.

Quizás algún Quijote lo suficientemente perturbado lo haga, se levante del sillón y se marche a combatir gigantes a Lesbos. Pero son los menos. Nuestras almas quijotescas están demasiado adormecidas y nuestra locura duerme el sueño de los benditos desde hace tiempo, excepto para asomar la nariz en 140 caracteres para ir de guay y de comprometido.

Todos somos un poco quijotes y estamos algo locos, pero somos demasiado conformistas como para lanzarnos a la aventura de derribar gigantes o exponerlos como los molinos que son. Hoy en día, don Quijote no hubiera salido siquiera de su casa. Habría quedado por whatsapp con Sancho y Dulcinea para ir a tomarse unas cañas y se habrían hecho un selfie frente a los cuatro gigantes de la Castellana…

¿Dónde estaban las lectoras de cómics hace 5 años?

Esta pregunta fue lanzada en una red social hace unas semanas por una persona con claras intenciones de crear polémica. Según su particular visión, las mujeres no leemos cómics y si lo hacemos, es evidente que es postureo puro generado por las películas de superhéroes.

No negaré que probablemente haya un gran número de chicas que habrán descubierto los cómics gracias a las numerosas series y películas basadas en los mismos que se están produciendo desde hace un tiempo. Seguramente habrá más de una y más de dos que un día acompañó a algún ferviente marvel zombi al cine y se quedó tan prendada de los músculos de Thor que decidió indagar a ver de qué iba eso de los dioses de Asgard. O que pilló un capítulo de Arrow en la tele, se enganchó y acabó por leer cómics de DC.

Pero seguro que también hay más de un chico, y más de dos, al que le habrá pasado lo mismo. Alguien que nunca leyó cómics porque pensaba que era cosa de críos o de frikis, pero al que le encantan las pelis de Marvel o es superfan del Batman de Nolan, y un día se puso a leer novelas gráficas. Pero eso a nadie le importa. Lo que importa es que las mujeres NO LEEMOS CÓMICS. Porque no. Porque las chicas no somos frikis, y si lo somos, es postureo. Y si ahora las lectoras de cómics tienen mayor visibilidad en las redes sociales, es porque nos hemos subido al carro por culpa de las películas y las series de tv. Las mujeres no somos frikis. A las mujeres no nos gustan los deportes. Si nos gustan esas cosas, es postureo o decimos que nos gustan para agradar a nuestros novios o maridos. Menuda gilipollez, ¿verdad? Pues la persona que lanzaba al aire la pregunta que da título a esta entrada, y como él miles de hombres más, lo cree a pies juntillas. O al menos, lo escupe para trolear a las que le lean…

Yo de pequeña leía todo lo que caía en mis manos. Daba igual lo que fuera: una novela de Julio Verne, una revista de cine, un tebeo de Mortadelo, una aventura de Johan y Pirluit… En la biblioteca del colegio descubrí el cómic europeo, y todas las semanas me llevaba un ejemplar de Lucky Luke, Astérix, Tintín, Blueberry, Spirou o Blake y Mortimer. En el instituto, me descubrieron Marvel, DC, Vértigo e Image, y me fui gastando la paga y mis primeros sueldos en X-Men, Wildcats, Stormwatch, Gen13, The Authority, Vengadores, Nuevos Mutantes, Spawn, YuYu Hakusho, Video Girl Ai, Akira… Leía de todo y me pasaba las horas en las tiendas de cómics, charlando con gente que leía lo mismo que yo. Normalmente era la única chica de la tienda. Normalmente me miraban de reojo. Y de vez en cuando llegaba a mis oídos algún que otro comentario que prefería ignorar. Y es que en los noventa, una chica solamente entraba en una tienda de cómics porque iba acompañando a su novio. Yo iba sola muchas veces, lo cual tenía que significar por narices que era rara de cojones y probablemente bollera. Porque lo primero que me preguntaron en una de mis primeras visitas era si el chico con el que venía era mi novio. Y cuando dije que no, la siguiente frase fue “Ah, entonces es tu hermano y vienes con él, ¿no?”. Pues no, no es mi nada, es un compañero de clase que resulta que compra los mismos cómics que yo…

Como yo ya estaba más que acostumbrada a las miraditas y comentarios, pasaba bastante del tema y seguía a lo mío, comprando cómics y cintas en VHS de Star Trek, que entonces no teníamos internet y el streaming y los torrents eran cosa de ciencia ficción. Además, me lo pasaba en grande las tardes de los sábados en las tiendas de la calle Luna y gastándome después lo que me sobrara en las recreativas de Gran Vía. Sí, amigos, hasta ese punto soy un bicho raro: yo hacía pellas en el instituto para ir a jugar al Knights of the round, no para irme a fumar con los chicos guapos y malotes. Y además, pasaba los fines de semana jugando al rol con los amigos. Amigos, en masculino plural. Sin ser la novia de. Sólo porque sí, porque yo prefería unos vaqueros raídos y una buena lectura antes que unas mallas y una discoteca.

Sé que no soy la única. Imagino que habrá muchas mujeres de mi edad o similar que sean o hayan sido lectoras de cómics y que también se habrán pasado la vida en librerías especializadas. Puede que sigan siendo lectoras fieles, o puede que no.

Dejé de leer cómics asiduamente hace algo más de una década. Esto quiere decir que ya no compro 15 colecciones al mes porque mi economía no se lo puede permitir. Pero compro tomos recopilatorios. Sigo comprando cada Astérix y cada Spirou que se publica. Intento estar al día y desde luego compro merchandising. He dejado de ser una lectora asidua, pero no he dejado de ser lectora. Disfruto de las series y películas de superhéroes en mayor o menor medida. Mi trastero, y el de mis padres, están llenos de cajas cuyo contenido haría babear al mismísimo Stan Lee. Y sí, soy una mujer.

Yo no sé dónde estaban las lectoras de cómics hace cinco años. Yo sé dónde estaba yo hace veintipico, cuando un chaval de mi clase me dejó un número de algo llamado Capitán Atom y me descubrió un mundo que me atrapó y todavía no me ha terminado de soltar.

La dura vida del estudiante/currante

Nunca fui una estudiante modelo. No sacaba medias de notables o sobresalientes, más bien aprobaba justito y sacaba buenas notas sólo en las asignaturas que me gustaban o que se me daban bien. No me veía estudiando una carrera de 5 años, a pesar de que todos mis años de colegio e instituto iban encaminados hacia la universidad (pertenezco a esa generación a la que nos inculcaron por activa y por pasiva el mantra de “si apruebas tienes que hacer BUP y COU, y si no, es que eres inútil y tienes que irte a FP”). Por eso, cuando acabé el instituto, no veía muy claro aquello de pasar las pruebas de selectividad. Pero mi madre insistió, y ya sabemos que las madres siempre tienen razón. Hija, aunque no vayas a la universidad, al menos haz el examen, que quién sabe si no te será útil algún día…

Y yo aprobé la selectividad con una nota decente. Pero no fui a la universidad, porque la única carrera que me llamaba algo era Historia del Arte, y ya sabemos todos que las carreras de letras son inútiles y si las estudias te mueres de hambre. Por lo que, después de dar tumbos durante un par de años estudiando cursos y módulos que realmente no me gustaban, acabé por ponerme a trabajar. Y yo toda contenta, porque tenía mi independencia económica, planes de futuro y tiempo libre suficiente para disfrutar de la vida.

El problema es que, conforme vas madurando, te das cuenta de que te falta algo. Y ese algo, en mi caso, consistía en sacarme la espinita de no haber ido nunca a la universidad, como la mayoría de mis amigos, y de tener un bagaje cultural algo mayor que el de muchos de los compañeros que he tenido en mis puestos de trabajo a lo largo de estos años. Y sobre todo, el hecho de haber dejado a medias cosas que me interesaban, y que a con el paso del tiempo iban pesando cada vez más.

Así que un día empecé a darle vueltas al tema de matricularme en la universidad. Pensé. ¿qué es lo que me gusta y no se me da mal?. Así que lo primero que me vino a la cabeza fue estudiar algo relacionado con mi actual puesto de trabajo. Pero pronto lo descarté, porque sinceramente, no me veo estudiando Logística y montando una franquicia de transportes. No es lo mío, aunque lleve diez años en el sector y me lo conozca de pe a pa. Quería y necesitaba algo diferente. Así que volví a preguntarme: ¿qué es lo que me gusta y no se me da mal?. Pues los idiomas, el arte, la literatura… Y entonces lo vi claro: estudiaría una carrera relacionada con esas áreas. Como he dicho antes, mi primera opción cuando iba al instituto era la Historia del Arte. Yo estudié lo que entonces se llamaba bachillerato de letras puras (griego, latín, lengua, literatura, historia, arte, filosofía…), ese bachillerato tan denostado y tan odiado por casi todo el mundo, que nos consideraban unos empollones mientras paradójicamente nos acusaban de apuntarnos a esas asignaturas porque eran más fáciles de aprobar. Pero resulta que a mí lo que realmente se me daban bien eran los idiomas. Mi nota media subía exponencialmente gracias a los sobresalientes y notables que siempre sacaba en griego, inglés y latín (excepto en tercero, que en latín con el simpático profesor que tuvimos, suspendía la asignatura), y la nota de literatura tampoco era nada mala, ya que yo soy una de esas personas raras que siempre andan con un libro en la mano y le da de vez en cuando por leerse a Lope de Vega porque sí, sin que nadie me obligue, qué cosas…

Total, que acabé por decidirme y empecé a buscar una carrera que tuviera que ver con los idiomas. Y a ser posible, que tuviera algo que ver con el japonés, idioma que durante esos años que anduve estudiando un sinfín de cosas absurdas estudié en la Escuela Oficial de Idiomas, aprobando incluso con nota dos de los cinco cursos oficiales y que me gustó una barbaridad. La carrera que más se ajustaba a lo que yo quería era el grado en Estudios de Asia y África, que no se puede estudiar online y la ofrecen muy pocas universidades. Además, piden una nota bastante alta para entrar. Con lo cual, acabé por descartarla. O más bien, mi nota de selectividad me descartó a mí…

Mis otras opciones eran los grados en filología. Esas carreras malditas que cuando estudiabas BUP te las presentaban como el coco, el deshecho universitario en el que acababan los estudiantes con notas bajas y pocas aspiraciones de futuro. ¿Pero sabéis qué? Que las filologías no son simples cursos de idiomas que duran cuatro años. Es estudiar lengua, literatura, cultura. Es aprender a pensar. Es adquirir una visión crítica. Y resulta que yo, que me tragué hace veinte años la propaganda contra las carreras de letras, he acabado por matricularme en el grado de Estudios Hispánicos. Lo que viene siendo filología hispánica, probablemente la más despreciada de todas las carreras de filología, esa que sólo escogían los que sacaban un cinco pelado en la selectividad porque no les quedaba más remedio que matricularse en algo. Esa carrera para pedantes y futuros profesores de lengua y literatura. Pues bien, aquí estoy yo, con cuarenta años, a punto de terminar mi primer año en la Autónoma de Madrid, estudiando hispánicas y japonés con chavales que podrían ser mis hijos. Los raritos nos vamos encontrando por ahí…

Ahora bien, esto supone un esfuerzo extra en mi caso. Yo no he dejado de trabajar para poder ponerme a estudiar. Ojalá pudiera, pero no me sale el dinero por las orejas y hasta donde yo sé, no me ha tocado la lotería. Por eso me volví loca buscando carreras online y mi primera opción siempre fue acudir a la UNED. Pero la UNED tiene un grave problema, y es que su oferta es increíblemente limitada, a no ser que quieras estudiar algo relacionado con la psicología o el derecho. Y el resto de estudios universitarios online son todos impartidos por universidades privadas, que fácilmente te pueden cobrar hasta el triple de lo que te cuesta una carrera en una universidad pública, y eso sin contar los másters.. Por lo que cuando descubrí que te podías matricular a tiempo parcial en cualquier universidad, vi el cielo abierto. Afortunadamente, vivo muy cerca de la UAM, así que no me lo pensé dos veces y me matriculé en cinco asignaturas, siendo plenamente consciente de que este grado dura cuatro años (o tres, ya veremos cómo acaba todo el tema de la LOMCE y el 3+2) y yo como poco tardaré ocho en sacarlo. Pero no me preocupa. Yo parto con ventaja respecto a la mayoría de mis compañeros de clase. Ya tengo mi vida resuelta y no dependo de aprobar esta carrera para conseguir un trabajo. Lo estudio porque quiero. Porque quiero hacer algo más en la vida que estar ocho horas metida en una oficina delante de un ordenador. Porque quiero sacarle partido a algo que me gusta y disfrutar aprendiendo. Y porque aunque haya descubierto ahora que el japonés no se me da tan bien como hace veinte años, sigo queriendo esforzarme en aprender cosas nuevas. Y si no apruebo, me plantearé cambiar de idioma y sacarme de una vez un título oficial en inglés, que buena base ya tengo.

Pero aunque en ese sentido juego con ventaja, en todo lo demás soy yo ya que lleva las de perder. Porque incluso matriculada en la mitad de asignaturas, me es imposible asistir a todas las clases por culpa del horario laboral. Y mientras los estudiantes a tiempo completo tienen las tardes libres para estudiar, hacer deberes y asistir a seminarios que te suben nota, yo sólo puedo aprovechar los fines de semana y las noches. Y me pierdo las conferencias, las charlas, las actividades extracurriculares.. Tengo que andar pidiendo  apuntes y preguntando a mis compañeros.

Así que no, la vida del estudiante/currante no es nada fácil. pero con eso ya contaba cuando decidí embarcarme en esta aventura. Sabía que no iba a tenerlas todas conmigo, y es por eso que cada vez que me dan una buena nota en algo, no puedo evitar presumir. Porque sí, porque no es fácil trabajar ocho horas diarias cinco días a la semana, eso cuando no toca pringar un sábado, después de ir a clase a primera hora de la mañana y tener que ponerte a hacer un trabajo a las once de la noche. Y ya no hablemos de los días que sales tarde o tienes que echar horas extras..  Por eso estoy muy orgullosa de mi 9 en literatura española y de mis notas máximas en los trabajos de análisis literario. Por eso tampoco me supone un excesivo trauma haber suspendido gramática y japonés, porque otra vez será y aún tengo opciones de aprobar en junio.

Y aquí estoy yo, la que un día quiso estudiar Historia del Arte porque un catedrático le picó con sus clases en tercero de BUP y con dieciocho años andaba diciendo que jamás estudiaría una filología y menos hispánica, porque era acabar muerta de hambre y una pérdida de tiempo, en la Universidad Autónoma de Madrid, estudiando hispánicas, leyendo en siete meses lo que no había leído en años, y disfrutándolo.

Y desde aquí, un consejo: perseguid vuestros sueños y haced caso a vuestras madres. Mamá siempre tiene razón. Doy fe, como los notarios…